Todos nuestros programas inician con una efeméride ficcionalizada en la pluma de los escritores Ernesto Fucile y Ricardo Rodríguez Pereyra.
En este caso compartimos una sobre los 111 años del fallecimiento de Friedrich Nietzsche y otra sobre los 91 años del nacimiento de Mario Benedetti.
EL VIEJO CEPILLO
de Ernesto Fucile – www.ErnestoFucile.com.ar
—¡Bobby! ¿Bobby? —grita el viejo que duerme entre cartones.
El perro ni se inmuta. La misma historia de siempre: él hace que se va y el viejo lo llama con chiflidos que le hacen volar la dentadura.
Lejos quedan aquellos tiempos de ingeniero. Toda una vida estudiando y al final: ¿Sirvió de algo? No, no sirvió de nada.
Masculla la bronca y un pedazo de madera que arrancó de un cajón de manzanas. Las moscas y los escarabajos que antes pasaban a saludarlo, ahora parecen que copar la parada. Deben haber comprado el terreno de al lado. Ya no pasan a limpiar por estos lares, se lamenta el viejo Cepillo —así le llaman por una semana que se ganó el pan como barrendero—; es increíble lo fácil que se pegan los apodos, y después… y después ya no se van.
—¡Bobby! —vuelve a gritar. El perro parece más distraído que nunca.
A lo lejos se avizora una camioneta. El sonido es inconfundible, de no ser por algunos cuetazos que resuenan en la madrugada y dos autos que juegan picadas nocturnas.
Menudos idiotas; se van a matar —sino pisan a alguno y le arruinan la vida—, refunfuña para sus adentros.
Junto al cordón se estacionan los del servicio social.
Todavía no se enteraron que donde está se queda; y dale que dale con eso de llevarlo a un albergue. El viejo no quiere dormir en un albergue.
—¿Cómo anda Don? —lo saluda una jovencita maquillada hasta la médula. Ella no sabe lo que es vivir en la calle.
—¡Bobby! —reclama sin demasiado éxito.
—¿A quién le habla?
—Al Bobby —afirma el viejo Cepillo.
—Ya veo… Le trajimos algo de comer. Algo calentito.
—Gracias… Se lo doy al Bobby que hace rato que no come —toma el packaging de plomo con puré y se lo alcanza a su perro.
Los del servicio social fruncen el ceño.
—¿Y usted no piensa comer?
—Naaa… Así estoy bien.
—¿Seguro? —la joven lo observa mejor—. Lo veo un poco flacucho.
—No se preocupe… Lo que no mata, fortalece —sentencia el vagabundo, haciendo propias las palabras de un tal Friedrich Nietzsche.
Nacido en 1844 en Röcken —en la actual Alemania— Nietzsche fue criado en una familia de pastores protestantes; su padre Karl Ludwig —hijo también de un pastor— había sido preceptor en la corte de Altemburgque, muriendo cuando Friedrich contaba con apenas cinco años de edad.
Viviendo con su hermana Elisabeth y siendo educado por su madre, su abuela y sus dos tías, el pequeño comenzaría a componer música y a interpretar en el piano a Haydin y a Ludwig van Beethoven.
Otra de sus pasiones sería la poesía y la escritura, con la redacción de un diario mientras vacacionaba en Pobles hasta el fallecimiento de su abuela.


















































